La mujer que yo amo tiene la
belleza exacta y el corazón en su sitio. Es implacable en su ternura,
luminosa como una fe intacta, contundente con sus deseos de vivir hasta que la
vida sea vida y un poco mas. La admiro por su condición de reina que
abdica al trono de la existencia resuelta, a cambio de eso que llaman amor, y
otros, el incierto camino a lado de un vagabundo de mi calaña. Es linda por
derecho propio. No necesita adjetivos como excepcional o única: los
merece. Su sonrisa, cuando es para el mundo inabarcable, ilumina; cuando
es para mi, desarma mis defensas y me coloca en un sitio privilegiado en el
universo. Soy inmortal, entonces, y tocado por los dioses, afortunado como
quien sobrevive al holocausto de la vida cotidiana y al tufo de muerte que nos
persigue desde la cuna. Es el júbilo y el duelo de la sangre enamorada. Una
palabra suya, un latido, una mirada clara o incierta, y desata en mi
el huracán de mis alegrías inmensas o el malebolge de
la perdición en mi soledad de hombre. Es mujer, y al fin y al cabo,
sucede que la idolatro pero a veces en mi pequeñez de mortal azotado por una
existencia jamás perdida, no la entiendo. Así, cuando desciende a
su tiranía de milagro convertida en hembra, sus flechas duelen, se me
figura fugitiva, sus muros son alto, contemplo mi suerte echada al capricho de
aquello que sucede en la cocina de las féminas cuando las asalta
la química, en el que dirán o el maleficio castigador del solo
mis chicharrones truenan. He sentido las ruinas en que puede
convertirme, la esperanza convertida en guiñapo, la cercanía de
lo terrible y sin rumbo. He vertido, por su amor, uno que otro llanto de niño,
algunos aullidos de loco y alguna incoherencia mas al epitafio de mi
tumba vacía.
En momento así he
escrito versos que no muestro a las rosas para que no se marchiten.
La mujer que yo amor es real.
La vida la alcanza a ratos y la hiere en su cielo de bondades y sonrisas. No
hay justicia en el mundo: tanta bienhechora de belleza, tanto brillo
destacado de su alma, y no faltan los dardos emponzoñados en forma de cuervos,
nanas y cebollas, alardes de derrotados, el colosal trafico de la estupidez
humana. Yo mismo, en mi caos y en mi soberbia, he dejado marcas y ecos
de patán y temible filibustero. Soy hombre, al fin y al cabo, y hago
guerras y cometo errores. Me enojo, gesticulo, arremeto contra lo que no
entiendo, camino por la cuerda floja del sendero oscuro y sin regreso. La he
visto llorar, por mí, por un cachorro herido, por los pobres mas pobres, y por
la vida que es vida y porque es vida duele.
En
momentos así ella triunfa, y, como es mejor que yo, junta sus propias
rosas con mis versos y les habla de amor, para que florezcan.
Es la mujer de mi vida, la
mujer en mi vida. Existe en la tierra como el sabor de la fruta que me gusta,
como en inmenso mar de mis aventuras de joven, como
una alegría inesperada, como una caricia de madre. Es el arma como
que me bato a duelo con los diversos adjetivos de lo aburrido y cotidiano.
Quiero
permanecer con ella siempre, hasta el fin de los suspiros, hasta el último de
los misterios.
Publicado en Día Siete - Hasta atrás
esta entrada es la que mas me gusto , las letras de este señor son maravillosas !!
ResponderEliminarjajaja lolo!
ResponderEliminar