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lunes, 17 de septiembre de 2012

Cuarta canción para Marisa



La mujer que yo amo tiene la belleza exacta y el corazón en su sitio. Es implacable en su ternura, luminosa como una fe intacta, contundente con sus deseos de vivir hasta que la vida sea vida y un poco mas. La admiro por su condición de reina que abdica al trono de la existencia resuelta, a cambio de eso que llaman amor, y otros, el incierto camino a lado de un vagabundo de mi calaña. Es linda por derecho propio. No necesita adjetivos como excepcional o única: los merece. Su sonrisa, cuando es para el mundo inabarcable, ilumina; cuando es para mi, desarma mis defensas y me coloca en un sitio privilegiado en el universo. Soy inmortal, entonces, y tocado por los dioses, afortunado como quien sobrevive al holocausto de la vida cotidiana y al tufo de muerte que nos persigue desde la cuna. Es el júbilo y el duelo de la sangre enamorada. Una palabra suya, un latido, una mirada clara o incierta, y desata en mi el huracán de mis alegrías inmensas o el malebolge de la perdición en mi soledad de hombre. Es mujer, y al fin y al cabo, sucede que la idolatro pero a veces en mi pequeñez de mortal azotado por una existencia jamás perdida, no la entiendo. Así, cuando desciende a su tiranía de milagro convertida en hembra, sus flechas duelen, se me figura fugitiva, sus muros son alto, contemplo mi suerte echada al capricho de aquello que sucede en la cocina de las féminas cuando las asalta la química, en el que dirán o el maleficio castigador del solo mis chicharrones truenan. He sentido las ruinas en que puede convertirme, la esperanza convertida en guiñapo, la cercanía de lo terrible y sin rumbo. He vertido, por su amor, uno que otro llanto de niño, algunos aullidos de loco y alguna incoherencia mas al epitafio de mi tumba vacía.
En momento así he escrito versos que no muestro a las rosas para que no se marchiten.
La mujer que yo amor es real. La vida la alcanza a ratos y la hiere en su cielo de bondades y sonrisas. No hay justicia en el mundo: tanta bienhechora de belleza, tanto brillo destacado de su alma, y no faltan los dardos emponzoñados en forma de cuervos, nanas y cebollas, alardes de derrotados, el colosal trafico de la estupidez humana. Yo mismo, en mi caos y en mi soberbia, he dejado marcas y ecos de patán y temible filibustero. Soy hombre, al fin y al cabo, y hago guerras y cometo errores. Me enojo, gesticulo, arremeto contra lo que no entiendo, camino por la cuerda floja del sendero oscuro y sin regreso. La he visto llorar, por mí, por un cachorro herido, por los pobres mas pobres, y por la vida que es vida y porque es vida duele.
En momentos así ella triunfa, y, como es mejor que yo, junta sus propias rosas con mis versos y les habla de amor, para que florezcan.
Es la mujer de mi vida, la mujer en mi vida. Existe en la tierra como el sabor de la fruta que me gusta, como en inmenso mar de mis aventuras de joven, como una alegría inesperada, como una caricia de madre. Es el arma como que me bato a duelo con los diversos adjetivos de lo aburrido y cotidiano.
Quiero permanecer con ella siempre, hasta el fin de los suspiros, hasta el último de los misterios.

Publicado en Día Siete - Hasta atrás